No tenía derecho a enviarla a un hombre como yo.
Era luz de sol envuelta en brillantina rosa, con un toque tan suave que dolía.
Era todo lo que nunca tuve ni merecí.
Bajo el resplandor de la farola, estaba tan delirante que me atreví a decirle que era hermosa.
Y hasta me reí cuando me pidió que se lo repitiera.
Pero luego me hizo otra pregunta. Una que me robó el último aliento.
—¿Puedes guardar un secreto?
Un ángel con pecado.
Debió haberme dejado morir.
Mil gracias a E!
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